Si estás leyendo estas líneas, caes dentro de una de las dos siguientes categorías:

  • Eres un experto en vinos; puedes diferenciar un Chateau Grand-Puy-Lacoste de un Chateau Grand-Puy-Lacoste con solo mirar la copa; puedes recitar todas las variedades de uva cultivadas en la región de Klein Karoo; puedes oler un vino arruinado por el corcho antes incluso de abrir la botella. Eres Dioniso reencarnado.

  • El vino es algo tan confuso que parece cosa de magia, y desafortunadamente eres un muggle rodeado de Gryffindors y Slytherins; cada vez que te pasan la carta de vinos reaccionas como un vampiro al que muestran una cruz envuelta en ajos; para ti tan solo hay dos tipos de vinos: blancos y tintos (los rosados son aspirantes a tintos). No eres digno.

Si te sientes identificado con el primer grupo, deja de leer ahora. No hay nada para ti aquí. Por el otro lado, si eres un alma perdida del segundo grupo, no temas, pues hemos venido a tu rescate. Vamos a facilitarte un par de notas que, si bien no te van a convertir en una enciclopedia del vino de la noche a la mañana, te dará una idea general de los conceptos más utilizados en una cata de vino. ¿Estás por la labor? ¿Sí? Bien, en ese caso sigue leyendo, joven Padawine (lo siento, tenía que hacerlo…)

¿QUÉ DEMONIOS ESTÁN HACIENDO?

Si has participado de una cata de vinos, o simplemente has compartido una copa de vino con uno de esos odiosos amigos sabelotodo (te estoy mirando a ti, Lorenzo), puede que te hayas dado cuenta de que no están satisfechos con servir el vino y beberlo, sino que empiezan a juguetear con él en las copas: lo suben, lo inclinan o lo giran. ¿Por qué? Te preguntas. Y empiezas a hacer lo mismo solo para socializar, sin tener ni idea de lo que haces (“por lo menos molo…” te dices a ti mismo)

EL COLOR (DE LA MAGIA)

Cada vez que un somelier alza su copa de vino, rara vez será para proponer un brindis (nunca he visto a ninguno que pareciera lo suficientemente contento para celebrar algo). En su defecto, permanecerá firmemente con la copa en alto con el único propósito de apreciar el color del vino, el verdadero color del vino. Hay que tener en cuenta que todo líquido (y en especial el vino) tiene una densidad inherente que lo hace parecer más oscuro a mayor densidad (por esta razón, a mayor profundidad en el mar, más oscuro se vuelve el ambiente). Y, entonces, es aquí cuando el susodicho somelier inclina la copa de forma que el borde del vino quede lo más llano posible, ya que cuando se observa esta delgada línea, se debería apreciar un color más claro que si lo comparases con el color del centro de la copa. ¿Lo ves? Felicidades, estás contemplando el verdadero color del vino.

¿Y por qué me debería importar todo esto? Lo creas o no, este ritual nos permitirá saber si el vino se ha envejecido o no. Los vinos que tienen colores fuertes (rojo, magenta, violeta e incluso azulado), que son colores propios de la uva en sí misma, son vinos jóvenes que han estado poco tiempo en barrica (o no han estado en barrica).

Al otro lado del espectro, tenemos colores más amarillentos (naranja, marrón, teja) que son indicadores de que el vino se ha envejecido.

Una vez que estés un poco más familiarizado, puede que incluso seas capaz de aproximarte al tiempo que el vino ha pasado en barrica, pero, por ahora, creo que es suficiente con lo dicho respecto al color. Ahora ha llegado el momento de pasar a algo más sexy... Vamos a hablar de…

EL CUERPO (Y NO EL DE ELLE MACPHERSON)

Supongo que habrás oído todo esto de “vino con poco cuerpo (o ligero), de medio cuerpo o con cuerpo”, pero ¿qué significa? Para empezar, como cualquier otro líquido, los vinos tienen un peso específico y esto hace que cambie la percepción en boca. La manera más fácil de entender este concepto sería comparar vinos ligeros, de cuerpo medio y con cuerpo con leches desnatadas, semidesnatadas o enteras respectivamente. Incluso con los ojos cerrados, seríamos capaces de diferenciar los tres tipos de leche. Lo mismo pasa con los vinos. No obstante, y como pequeño truco, nos podemos fijar en el porcentaje de alcohol para diferenciarlos, ya que el alcohol incrementa la densidad del vino. Cuanto más alcohol, más cuerpo. Como regla general, vinos con porcentajes de alcohol menores al 12.5%, se consideran vinos con poco cuerpo. Con porcentajes entre 12.5% y 13.5%, vinos con cuerpo medio y, por último, vinos con un porcentaje de alcohol mayor al 13.5% se consideran vinos con cuerpo. Pero ¡ojo! Esto se ha de coger con pinzas porque hay otros muchos factores que influyen a la hora de determinar el cuerpo de un vino, como lo son los azúcares y grasas presentes.

Pero, Simón, ¿por qué me debería interesar por el cuerpo del vino? Esa es una buena pregunta que resuena con voz incorpórea en mi cabeza. Los vinos con poco cuerpo digamos que son fáciles de beber (puedes beberte un par de tragos antes de que llegue el momento de “¿quién eres y qué haces en mi cama?). Son vinos que no te llenan tanto. Por el contrario, los vinos con cuerpo se consumen de una forma más apaciguada, ya que te llenan antes.

Como norma general, antes de comer se ha de servir un vino ligero para poder beber un poco más y que la conversación con los in-laws se haga más llevadera. Una vez en la mesa, pasaremos a un vino con más cuerpo para así bajar un poco el ritmo y no parecer un completo idiota delante de los susodichos. Vinos ligeros se acompañan de conversaciones; vinos con cuerpo, con comida.

Simón Garcia - Junio 2018